Como le prometí a Gema, el pasado domingo cogí un nuevo retal de tela de pata de gallo en blanco y negro y me dispuse a diseñar algo para ella. Como había hecho un vestido, una falda y unos pantalones, pensé que en realidad lo único que me faltaba por hacer era una chaqueta. Sólo la mención de la palabra me puso los pelos de punta: mangas, pinzas, mangas, cuello, mangas... Sin embargo, conociendo a Gema, sabía que no pondría tantos peros como Barbie al resultado, así que un poco a lo loco, recorté algo parecido a la forma de una chaqueta y cogí el hilo y la aguja. Por supuesto, cometí muchos errores:1. La ropa es para vestir, no para embutir. Tengo la mala costumbre de ceñir demasiado cualquier prenda al cuerpo de las niñas y claro... al final no hay quien le cosa un cierre.
2. Todas las telas no sirven para todas las prendas. La próxima vez que quiera hacer una chaqueta, más vale que pille una tela menos basta y más fácil de trabajar, y sobre todo que me permita doblarla para hacer las solapas.
3. Las mangas tramposas se pagan. Como todavía no me atrevo a coser unas mangas como Dios manda, es decir, por separado y luego al cuerpo, pues me quedaron como las véis... amorfas.
Lo positivo es que hace un mes ni siquiera me hubiera atrevido a hacer algo así, y que al final fui capaz de enmendar algo aquel desastre utilizando un trozo de encaje como solapa, y lazo como cinturón. Para desviar la vista de las imperfecciones, decidí no incluir en el conjunto ningún top, dejar un escote atrevido a la vez que elegante, y completarlo con una falda de vuelo. Por último, elegí unos zapatos peep-toe de la colección Basics, y un pequeño tocado de encaje, a juego con la solapa.

Como imaginaba, Gema no cabía en sí de gozo al probarse aquella chapucilla. Incluso me dijo, con su inocencia habitual, que le recordaba a los diseños de Dior de los años 60.
Si Dior levantara la cabeza...























