La realidad es que hoy tocaba otra entrada. Pero cuando fui a programarla, me di cuenta de la fecha: 14 de febrero. Sí, San Valentín. Corazoncitos, cupidos, bombones, cenas románticas... lo típico. Quizá más de un@ se lleve las manos a la cabeza al leer esto, pero ni recuerdo la última vez que celebré este día como mandan los cánones. Que conste que no estoy en contra de que los demás lo hagan, y de hecho ya sabéis que nuestras chicas se subieron al carro valentinero en una cita triple hace un par de años (aquí), e incluso organizaron una fiesta de "single ladies" al poco tiempo de la apertura de nuestro blog (aquí). Pero sinceramente, para mí San Valentín se celebra cada vez que puedo compartir peli y palomitas con mi marido, acurrucados en el sofá, o cada vez que vuelvo a encontrarme con su sonrisa después de pasarme diez días sin verlo a causa de su trabajo.
De todas formas, no podía dejar pasar esta efemérides, y dado que las vidas sentimentales de mis chicas son bastante tranquilitas (por el momento), se me ocurrió que podría darle un giro a esto del día del Amor. La vena pedagógica, que la tengo muy desarrollada.
Ya os he contado en alguna ocasión que siempre fui una lectora voraz. Por mi Primera Comunión, mis padres no me llevaron a Disneyland Paris (ni existía por aquella época), pero sí que me hicieron uno de los mejores regalos (después de una Barbie): una enciclopedia que se convirtió en una de mis lecturas preferidas antes de ir a la cama. Todavía la conservo y a veces me gusta hojearla y redescubrir el origen de la palabra "cursi", la obra de Dalí o por qué migran las aves. Y es que si había alguien que pudiera contestar a todas y cada una de las preguntas que se te ocurrieran, ese era Petete, y su Libro Gordo.
Para los que no veíais la tele durante la movida, os diré que Petete era un pequeño pingüino que iba de empollón por el mundo. El dulce peluchito (que venía a ser la versión ochentera de la Wikipedia) lo sabía todo, y lo demostraba cada día en un programa cortísimo en el que hablaba de los más variados temas. El formato era originario de Argentina, y os aconsejo que le echéis un vistazo a este video, que desmonta la teoría de mi madre de que la tele atonta. A mi hermana mediana y a mí nos fue bastante bien disfrutando de episodios como éste:
En fin, que al final se me ocurrió crear mi propia versión de este programa en una nueva sección del blog, en el que, con la ayuda de los habitantes de mi vitrina, podría ilustraros sobre temas de la más diversa índole. El problema que surgió enseguida es que en Barbieholics no andamos sobrados de animales. Eso sí, de Barbies no estamos escasos, así que la inspiración surgió enseguida. Y de esta forma fue como...
...se convirtió en...
Así que sin más dilación, inauguremos esta nueva sección con un programa dedicado, por supuesto... al Amor.
-¡Hola queridos blogoespectadores! Aquí me tenéis, una profesora de Harvard convertida en presentadora de un programa de blogovisión. ¡Qué emoción! Además, el tema de hoy es de los que tienen mucha miga: ni más ni menos que el Amor. La fuerza que mueve el mundo ha tenido poder sobre el hombre desde los albores de la historia. Tanto es así, que casi todas las culturas prerromanas y romanas lo adoraron bajo diversas formas. En el programa de hoy aprenderemos por qué los antiguos griegos (y romanos) fueron los primeros en pintarlo ciego...
Pero comencemos por el principio. Los dioses de la Grecia Clásica vivían sobre la cima del monte Olimpo, el más alto de ésta región. Un lugar gobernado por Zeus (el Júpiter romano), donde ellos creían que la tierra rozaba la bóveda celeste.
Después de haber liderado una rebelión contra su padre Cronos (al que le daba por comerse a sus hij@s tal y como nacían), Zeus, el señor del rayo y de los cielos se unió a Dione, la diosa primigenia de la Tierra o Diosa Madre (conocida en otras cultura como Ishtar, Astarté o Isis).
Más tarde llegaría su matrimonio con su hermana Hera, pero para los griegos era muy importante representar de alguna forma la unión del cielo, en la figura de Zeus, con la tierra, en la figura de Dione.
Aunque la versión más popular de su nacimiento tiene que ver con la espuma del mar, otra versión asegura que Afrodita, la diosa de la belleza llamada Venus por los romanos, surgió de la unión de Zeus y Dione.
Afrodita era más bella que cualquier otra diosa o mujer. La duda, o peor aún, la negación de este hecho provocó más de un episodio desafortunado. Tonterías sin importancia como la guerra de Troya, por poner un ejemplo.
Zeus enseguida se dio cuenta de los problemas que su irresistible hija podía causar entre los propios dioses, así que decidió casarla con Hefesto, dios del fuego y la fragua. El pobre Hefesto (Vulcano en su versión romana) no era muy agraciado, y su cojera y su ojo tuerto no ayudaban mucho, que digamos.
En lo que quizá no pensó el todopoderoso Zeus fue en que su hija no iba a estar muy satisfecha con su matrimonio. No podía desobedecer a su padre y tuvo que acceder a casarse con el poco favorecido Dios.
Pero en realidad quien la traía loquita era Ares, el voluble (y mucho más agraciado) dios de la guerra.
Afrodita tardó poco en serle infiel a su marido con este dios, al que los romanos bautizaron como Marte.
Y de esta unión nació Eros, un bebé alado que fue escondido por su madre en la isla de Chipre y criado por fieras salvajes. Al parecer, Afrodita quería protegerlo de la ira de su propio padre, no tanto porque le hubiera sido infiel a su marido como por el mal que este niño estaba destinado a hacer al universo.
Eros (el popular Cupido romano) era hermoso como su madre, audaz como su padre e incapaz de atenerse a razones, como las fieras que lo criaron.
Con el tiempo, Afrodita se dio cuenta de que su hijo ni crecía ni maduraba, y preocupada, consultó al oráculo de Temis. "El amor no puede crecer sin pasión", le respondió el oráculo. Y es que Eros representa al amor loco, impulsivo, inmaduro... aquel que no tiene por qué ser correspondido. De ahí sus alas (porque este amor suele pasar pronto) y sus ojos vendados (porque este amor no ve defectos en la persona amada).
Como si ya de por sí el niño no tuviera bastante peligro, a su madre no se le ocurre otra cosa que regalarle un arco y dos tipos de flechas: las de oro, para conceder el amor, y las de plomo, para sembrar el olvido y la ingratitud.
Muchos años después, y por la intercesión de una deidad agradecida al haber conseguido el amor del mortal al que amaba, Zeus perdonó a Eros y le permitió vivir con el resto de los dioses en el Olimpo.
Obviamente, las travesuras de este pequeño continuaron y su carácter voluble creo más de una complicación tanto entre los hombres como entre los dioses.
Y es que con esa cara de pillo... ¡cómo para fiarse!
Esto ha sido todo, querid@s Barbiehólic@s. Espero que hayáis disfrutado aprendiendo (o aprendido disfrutando) con la amorosa entrada de hoy. Y como no puede ser de otra forma, me despido de vosotr@s con la fórmula obligada...
El Libro Gordo te enseña, el Libro Gordo entretiene,
y yo te digo contenta... ¡Hasta la entrada que viene!
P.D. El viernes que viene emitiremos un especial de "El Minuto de Gloria Directo". Os prometo que será toda una Tent-ación...
¡Besos para tod@s y feliz fin de semana!





















































